Sentirse protegido, un buen comienzo para aprender
"No podéis preparar a vuestros alumnos
para que construyan mañana el mundo de sus
sueños
si vosotros ya no creéis en esos sueños.
No podéis prepararlos para la vida
si no creéis en ella.
No podríais mostrar el camino,
si os habéis sentado, cansados y desalentados,
en la encrucijada de los caminos." Célestin Freinet
1. El docente o el monitor de ajedrez como figura de apego.
“Debemos entender que ninguna persona puede dar aquello que no tiene. Nadie transmite lo que no posee
verdaderamente interiorizado y forma parte de su esencia humana, aquello en lo que verdaderamente
cree. En definitiva, sólo los docentes inteligentes emocionalmente serán capaces de ayudar a su
alumnado a desarrollar su propia inteligencia emocional” (Martínez Torres, A. Educación emocional docente,
factor clave para la mejora de la convivencia en el aula).
Entendemos por educación emocional “el desarrollo planificado y sistemático de habilidades de
autoconocimiento, autocontrol, empatía, comunicación e interrelación”. Es por ello que se hace necesario
formar maestros con un grado elevado de inteligencia emocional para que puedan, a través de sus
experiencias, enseñar a reconocer, controlar, expresar de una manera correcta las emociones.
Adolescentes sin motivación, jóvenes adultos sin sueños que perseguir, mayor número de violencia, falta
de disciplina, robos, suicidios…¿En qué dirección vamos? .
Todas estas cuestiones fueron planteadas en el informe de Jacques Delors de la Unesco (1996). Dicho
escrito planteó los cuatro pilares fundamentales en el desarrollo de la persona: (Buitrón, S El docente en el
desarrollo de la inteligencia emocional: reflexiones y estrategias).
1. Aprender a conocer.
Dominio de las formas o métodos
que permitan adquirir, comprender y descubrir
conocimiento, y derivar un aporte significativo a la sociedad.
Es “aprender a aprender” para aprovechar las oportunidad
que ofrece la educación a lo largo de la vida.
2. Aprender a hacer.
La adquisición de competencias
generales que incluyan las destrezas personales necesarias
para la productividad (creatividad, trabajo en equipo, toma
de decisiones, etc).
3. Aprender a convivir.
Aprender a descubrir progresivamente a los demás, reconocerse como seres
interdependientes de otros, desarrollar la capacidad de resolver conflictos, y respetar los valores de
pluralismo, compresión mutua y paz.
4. Aprender a ser.
El desarrollo máximo del potencial humano de la persona y el logro de un pensamiento
autónomo.
“La educación emocional, entendida como el desarrollo planificado y sistemático de programas educativos
que promueven la inteligencia emocional, aparece como una respuesta consecuente y acertada a las
necesidades planteadas. Es un complemento indispensable de desarrollo cognitivo y una herramienta
fundamental en la prevención de problemáticas sociales”.
Es por ello que podemos diferenciar tres habilidades socio-emocionales básicas que todo buen educador
debe poseer:
Todo docente para desarrollar
profesionalmente su trabajo de una manera eficaz debe estar
fortalecido en el conocimiento de sí mismo, porque como bien
señalan Extemera y Fernández- Berrocal (2004), la competencia
emocional del docente es un aspecto fundamental para el
aprendizaje y el desarrollo de las competencias en el alumno, ya que
el profesor se convierte en un modelo de aprendizaje vicario a través
del cual el alumno aprende a razonar, expresar y regular su emoción
en todas las pequeñas incidencias y situaciones que transcurren en el
día a día en el aula. Algunas de estas competencias son:
- Autoconocimiento.
-Autorreflexión
- Comunicar con claridad cómo se siente.
- Comprender sus propias emociones y hacerlas conscientes
- Aceptarse tal como es.
- Reconocer sus puntos débiles y fuertes
Habilidad inter-personal.
Hace referencia a la capacidad individual para dirigir, motivar, resolver
conflictos y trabajar con los demás.
Capacidad de identificar emociones. Saber leer el lenguaje no verbal de los alumnos y percibir sus estados de ánimo.
Capacidad para escuchar.
Desarrollo de la empatía.
Ponerse en el nivel del otro para comunicarse.
Habilidad para el trabajo colaborativo y el compromiso en
colectivo.
Habilidad para la justicia, para ser equitativo frente a los
juicios y las toma de decisiones.
Ser capaz de descubrir en los otros sus fortalezas y
debilidades.
Aceptación incondicional del prójimo.
Saber brindar un apoyo a todo aquél que lo necesite.
Habilidad didáctica para la educación emocional.
No es suficiente que un docente tenga un buen
desarrollo en las competencias intra e inter personales sino que además es necesario que posea
una actitud proactiva hacia la inclusión de la inteligencia emocional
en el aula de trabajo:
Desarrollar nuevas competencias profesionales para un
modelaje más efectivo, estimulando el desarrollo armónico
de los alumnos atendiendo a los problemas emocionales
que surgen en las escuelas.
Desarrollar competencias didácticas innovadoras y creativas
apropiadas para promover aulas y escuelas inteligentes.
La habilidad para la construcción de ambientes socioafectivos estimulantes.
2. Aprendiendo a desarrollar las competencias socio-emocionales.
“Se entiende entonces que la inteligencia emocional es el uso inteligente de las emociones. Es hacer que
intencionalmente nuestras emociones trabajen para nosotros, utilizándolas de manera que nos ayuden a
guiar nuestra conducta y nuestros procesos de pensamiento, para que produzcan mejores resultados y
podamos alcanzar el bienestar” (Vivas de Chacón, M. Las competencias socio-emocionales del docente: una mirada
desde los formadores de formadores).
La mente racional se comunica a través de las palabras mientras que la mente emocional lo hace de un
modo no verbal. Cuando, por ejemplo, las palabras de una persona no concuerdan con el mensaje que nos
transmite por medio del lenguaje no verbal (ya sea por su tono, expresión corporal, facial) su realidad
emocional no la debemos buscar tanto en su contenido sino en la forma en cómo nos está transmitiendo su
mensaje.
“La comunicación asertiva implica responder sin agresividad, respetando a la otra persona, al mismo
tiempo que te niegas a hacer algo que no deseas hacer o que consideras injusto. No levantas la voz, no
muestras ira, y tratas de resolver el conflicto teniendo en cuenta los deseos de ambas partes, buscando
compromisos y soluciones, en vez de pretender simplemente salirte con la tuya”
Es por ello que ser empático aporta numerosas ventajas en muchos ámbitos de la vida diaria:
La distinción entre emociones positivas y negativas se basa en el impacto de bienestar o malestar que causa
a la persona:
Las emociones negativas son aquellas que se caracterizan por actitudes de ataque o huida y comportan
relaciones desmotivantes, hostiles y un agotamiento tanto mental como físico. La capacidad de control y
gestión de las emociones negativas es fundamental para lograr la felicidad humana; esto se puede lograr
siendo conscientes de ellas a partir del mismo momento de su aparición y poniendo en marcha
mecanismos de una manera reflexiva para poder paliarlas.
Un recurso muy útil para poder hacer frente a las emociones negativas es
cultivar los sentimientos positivos.
Se sabe que la alegría, la satisfacción, el
entusiasmo, la ilusión favorecen las funciones del cerebro humano mejorando
las facultades mentales ya que multiplican las conexiones neurales. Por
ejemplo, se ha visto que el optimismo es el motor indispensable de arranque
para cualquier esfuerzo y es imprescindible para poder vivir en plenitud, ya que
moviliza lo mejor que hay dentro de cada uno de nosotros.
La importancia que las emociones tienen en la vida tanto personal como social
está obligando a desarrollar nuevas concepciones en el ámbito educativo
promoviendo el desarrollo de una buena educación emocional, es decir, la integración de las emociones a
las dimensiones cognitivas para conseguir el máximo provecho de los potenciales de cada alumno. Eso
incluye habilidades como sentir y entender las emociones, los sentimientos tanto de uno mismo como de
los demás.
3. Capacidad de comunicar, expresar y opinar de forma asertiva.
“Hola, ¿Cómo estás?, bien”. Esta es la respuesta tópica, común, cuando lo cierto es que en numerosas
ocasiones nos encontremos en un momento de mal humor, estamos pasando por una mala racha o
cualquier otra adversidad. La sociedad nos obliga a fingir emocionalmente, a dar la mejor cara que
tengamos ante los problemas, por ejemplo la famosa “sonrisa social” la cual nos permite ocultar y mentir
acerca de nuestros verdaderos sentimientos internos. Pero lo cierto es que este fingir está condicionado
por el grado de confianza que tengamos con respecto al interlocutor, a mayor distancia emocional más
tendemos a fingir, y por el contrario, a mayor cercanía es más probable que nos abramos y nos mostremos
tal como somos, expresando emocionalmente nuestro yo interior.
Es en la infancia el momento donde se produce la mayor honestidad emocional. Los niños expresan
libremente, sin censura, sus sentimientos, emociones, pensamientos con
respecto a un agente externo. Pero es la sociedad la que les distorsionan y
reprimen para comportarse como las normas sociales exigen” sé educado,
no expreses tus sentimientos, sé desconfiado”; y es que ¿Por qué hemos de
mostrar nuestra mejor cara cuando realmente hemos pasado un mal día?
Siguiendo las pautas que nos marca la sociedad es cuando comienzan las
dificultades para ser emocionalmente honestos. El niño va aprendiendo de los modelos que le rodean
(familiares, profesores etc) cómo fingir emocionalmente.
Podemos diferenciar tres estilos de comunicación:
Comunicación agresiva. Hace referencia al estilo en el que no se respetan los derechos de la otra
persona, haciendo un uso del lenguaje verbal y no verbal inadecuado y violento. Algunas
características de este estilo son una mirada desafiante, críticas destructivas, tono de voz alto,
gestos violentos, etc.
Comunicación pasiva. Ocurre cuando no se respetan los derechos de uno mismo y se trata de
agradar al oyente. Algunos rasgos típicos son mirada hacia abajo, no dar la opinión sobre ciertos
temas, hacer algo en contra de la propia voluntad, decir siempre que sí. Este tipo de comunicación
puede desembocar en estrés, victimización etc.
Comunicación asertiva. Es el estilo en el que respetamos tanto los derechos de la otra persona
como los nuestros.
Ser personas asertivas implica comunicarnos de una forma clara, concisa, siendo firmes en nuestras
opiniones, decisiones, ideas y haciendo valer lo nuestro ante lo demás, no pasando por la vida siendo seres
“pasivos”, es decir, permitiendo que otros decidan por nosotros o que no den importancia a nuestras ideas
y valores, pero tampoco llegar al otro extremo, la agresividad.
Una comunicación asertiva:
1. Hablar en primera persona.
2. Practicar el decir “no”. Aprender a negarnos a realizar ciertas acciones, a defender
nuestros derechos y opiniones.
3. Mantener el contacto visual. Cuando hablamos debemos mirar directamente a los ojos del
oyente pero de una forma “amable y cariñosa” de lo contrario podemos transmitir hostilidad. No
hacer contacto visual o desviar la mirada constantemente son signos de timidez e incomodidad.
4. Tener una buena postura. Es importante adquirir una postura natural, ni muy tenso ni
encorvado.
5. Expresarse a través del lenguaje corporal. Acompañar y crear una buena sincronización
entre nuestro lenguaje verbal y no verbal.
6. Evitar la ambigüedad. Hablar de forma clara y directa.
7. Hacer un uso instrumental del silencio. Aprender a entender el silencio no como una
situación incómoda sino como un momento de reflexión.
8. Utilizar un lenguaje adecuado. Hablar con un lenguaje correcto y ajustado a las
capacidades del oyente.
9. Ser consciente de la voz.
10. Controlar tus emociones.
11. Ser responsable de tu comportamiento.
Algunos de los beneficios que aporta ser una persona asertiva:
Reducción del estrés.
Mejora de las habilidades sociales y personales.
Mejor control de los impulsos y la rabia.
Mayor autoestima
Mayor conocimiento de las emociones
Crear situaciones de ganar-ganar
Mejora en las habilidades de toma de decisiones.
Mayor respeto hacia uno mismo
Mayor satisfacción personal y laboral
El término empatía procede de los vocablos griegos “en” que significa dentro de él (sitio, persona…) y de
“páthos” que significa lo que se siente, se sufre…).
El término “empatía” tiene una larga historia y son numerosos los autores que han aportado su granito de
arena a ella. El primer autor que comenzó a hablar de este concepto fue E.B. Titchener en la década de los
veinte. El sostenía que “la empatía se deriva de una suerte de imitación física del sufrimiento ajeno con el
fin de evocar idénticas sensaciones en uno mismo”, hacía referencia a situaciones muy habituales como
cuando un niño ve que su compañero que se ha lastimado un dedo y se lleva la mano a la boca para
comprobar si también él se ha hecho daño, o por ejemplo, al observar el llanto de su mamá, el niño se frota
los ojos aunque él no esté llorando.
Entre los más destacados también hay que señalar a Mayer y Salovey que en sus primeras definiciones de
su teoría de inteligencia emocional, incluían el término de empatía como un componente más y
argumentaban la existencia de una relación
positiva entre ambas; por otro lado,
Bar-On
entiende la empatía como un constructo de
personalidad.
En la actualidad entendemos por empatía como
la capacidad de comprender la vida anímica
(estado de ánimo, afectos, emociones y
pensamientos) de otra persona, “ponernos
emocionalmente en el lugar de los demás”
(Fernández-Berrocal y Ramos, 2002). Una
persona empática no está obligada a compartir sus opiniones, ni a estar de acuerdo con la manera de
interpretar las situaciones que efectúa otras personas; tampoco debemos confundir la empatía con la
simpatía, ya que ésta última implica una valoración positiva del otro mientras que la empatía no presupone
valoración alguna.
En la literatura se han diferenciado dos tipos de empatía:
Empatía afectiva o empatía emotiva, se refiere a la capacidad de responder con un sentimiento
adecuado a los estados mentales del otro. Se basa en el concepto de “contagio emotivo” es decir la
afectación por el estado emotivo o de excitación del otro. Está compuesto por:
o Preocupación empática: referido a la compasión por el prójimo.
o Aflicción propia: entendida como las sensaciones propias de ansiedad e incomodidad como
respuesta al sufrimiento ajeno.
Empatía cognitiva:
Referida a la capacidad de comprender el punto de vista o estado mental del
otro. A menudo, se utiliza indistintamente este término y el de teoría de la mente”. Podemos
subdividirla en:
o Asunción de perspectiva: es la tendencia a adoptar espontáneamente los puntos de vista
del otro/a.
o Fantasía: la tendencia -proyectiva- a identificarse con personajes imaginarios.
Menor agresividad.
Mayor participación social.
Mayores conductas prosociales: ayudar y compartir.
Mejor apreciación por el grupo de iguales
Mejores relaciones interpersonales.





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